martes, 2 de julio de 2013

Lo sabía.

Él ya sabía que ella era una chica con los labios besados, que era demasiado loca y divertida para él, que se podía derrumbar de un momento a otro pero que en menos de una décima de segundo le daba ese puto venazo de felicidad que le cambiaba el día. 
Sabía que ella no le tenía miedo a la vida porque había aprendido a reírse de ella. Que si lloraba es porque quería, no porque le hubiesen hecho daño. Sabía que tenía miedo a las alturas porque más de una vez había estado a tres metros sobre el cielo y había acabado por estrellarse contra él, sabía que sus sueños se había roto miles de veces y había dedicado sus noches frescas de verano a unir los pedazos. Que nada ni nadie consiguió nunca borrarle esa sonrisa jodidamente perfecta de la cara. Sabía que su mundo empezaba en las nubes y acababa en las estrellas.
Sabía que era todo lo contrario a él, que ella era como las locuras de los sábados noche y el como las frías tardes de domingo, que ella ni siquiera se preocupaba de su presente y él vivía planeando su futuro y recordando su pasado, él era el sur y ella hacia mucho que había perdido el norte. Y , aun que lo sabía, allí estaba él, mirándole como un idiota, enamorado de ella hasta las trancas.