Nunca me paré a mirarte, simplemente te veía, sin darme
cuenta lo que perdía poco a poco. Nunca me paré a escucharte, simplemente te
oía sin darme cuenta de cuanto te quería. Nunca me paré a amarte, simplemente
te besaba sin darme cuenta de que las cosas acababan poco a poco. Nunca quise
darme cuenta de nada, no quería verlo. Como si fuese ciego. Pero tú seguías
ahí, a mi lado, sin importante nada. Haciéndote el tonto. Tonto. Como yo cuando
me di cuenta que eras lo que más quería pero ya no estabas. Volaste cual pájaro
enjaulado. Fuiste libre. Libertad. Eso era lo que más deseabas. Tu libertad fue
mi cárcel. Cárcel de dolor. Se metía por dentro de mi piel y no se iba. Tu
perfume me acompañaba todos los días en los que rogué que volvieses, que me
amases de la manera en que yo no supe hacerlo. Sin mentiras, sin llantos, sin
peleas. Simplemente tú y yo. Amándonos. Solos. Sin el calor de tu cuerpo el frió
se colaba por mis huesos. Frío, igual que el día que decidiste marcharte sin
dejarme nada a mi lado. Ningún recuerdo. Eso dolía más. Eso escocía por dentro.
Tú eras mi cura, mi serenidad y mi embriaguez. Todo se volvió negro y
desaparecí entre las sabanas en las que un día nos quisimos sin parar. En
aquellas que nos vieron reír y soñar juntos. Soñar. Simplemente es lo que me
queda. El sueño de que volverás. Volverás. Lo sé. Te siento cada día más cerca
de mí. Será que me toca unirme a ti. Que nos toca volver a estar juntos. En
aquel paraíso que los dos deseamos. En aquel sueño que no tendrá final. Será
que aun que te perdí, tú sigues esperándome. Será pronto, pero volveré junto a
ti. Siempre. Sin rencores. Felices. Como aquella tarde de verano. Calor. Eso
era lo que necesitaba. Y necesito. Siempre.