Es cierto, lo
intentamos. Intentamos dar todo de nosotros. Intentamos vernos en cada
amanecer. Intentamos controlarlo hasta el punto de no poder más con ello. Lo
intentamos todos y cada uno de los días. ¿Y cómo acabó? Ella con el corazón
roto, con la mirada vacía. Sus ojos ya no relucían de la manera que lo habían
hecho antes. ¿Qué más da perder a alguien cuando no puedes hacer nada por salvarle?
Es cierto, ella lo intento a cada momento que puedo hacer, incluso después siguió
intentándolo, pero fue un dolor tan traicionero que no la dejo seguir adelante.
Solo la quedaba la soledad de sus brazos, el frio de su cuerpo que dejé cuando
me marché, el olor en nuestra almohada. Esa almohada que tantas noches había
escuchado su llanto.
¿Qué te queda
cuando todo se acaba? El silencio. Llamar a cuatro paredes tu hogar, porque
eres incapaz de salir de él. Volver hacer lo mismo de siempre, sin mí. Ese fue
su verdadero problema: quererme tanto.
Y así volví
una noche, a sus sueños, a su inconsciencia, a su dulzura… Ahí los dos
estaríamos a salvo, sin nada que nos hiciese daño, sin nada que la hiriera. Era
la única forma de volver a estar con juntos.
Sin pensar en lo que pasaría cuando despertase…
¿Me seguiría
queriendo? Por supuesto.
No hay fuerza
más poderosa que EL AMOR. Nos salva, nos llena de vida, nos da la capacidad de
soñar despiertos, nos hace mejores personas. Pero ¿Sabes que es lo más difícil?
Sobrevivir decentemente cuando se marcha dando un portazo.



