domingo, 10 de noviembre de 2013

Segundas oportunidades.

Nunca había creído en las segundas oportunidades. Si volviese, volvería a decirle que si a todo. A besar sus labios, a oler su pelo, a acariciar su piel y abrazarla hasta que el amanecer destrozase cada uno de los momentos que nos quedan por pasar juntos. Cometí el mayor error de todos. Pero era todo lo que necesitaba para salvarme de este maldito mundo. Quería salvarme. Salvarme de todo lo que ella me hacía sentir con cada uno de sus gestos. El día llegaba y con él, su pérdida. Ya no podía verle, ni tocarle, ni siquiera amarle. Porque cuando el sol salía por aquel horizonte de color naranja, todo lo que tenía que ver con “nosotros” desaparecía. No importaba, la siguiente noche volvería a verle. Y con la noche llego su imagen a mis pensamientos. Sueños. Nunca faltó a su cita. Sin embargo yo, inconsciente, no quería encontrarme allí. Qué raro era querer verle y no querer estar allí. Si fuese real aún podría acostumbrarme a aquello. Todos los sueños que tuve alguna vez, desaparecieron cuando se fue. Nada estaba claro. Podía tocarle como cuando aún estaba a mi lado. Pero no sentía lo mismo. No era aquella persona a la que yo había amado por encima de todas las cosas. Me quedó el silencio, la monotonía y al desesperación. Luche hasta que su último aliento dejo de existir, con ella. Todo se fue. Desapareció. Y lo único que quedo fue la nada y la oscuridad más absoluta.

Porque nací cuando me besó, morí cuando me abandonó, y viví el tiempo que me amo.

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