Nunca había creído en las
segundas oportunidades. Si volviese, volvería a decirle que si a todo. A besar
sus labios, a oler su pelo, a acariciar su piel y abrazarla hasta que el
amanecer destrozase cada uno de los momentos que nos quedan por pasar juntos.
Cometí el mayor error de todos. Pero era todo lo que necesitaba para salvarme
de este maldito mundo. Quería salvarme. Salvarme de todo lo que ella me hacía
sentir con cada uno de sus gestos. El día llegaba y con él, su pérdida. Ya no
podía verle, ni tocarle, ni siquiera amarle. Porque cuando el sol salía por
aquel horizonte de color naranja, todo lo que tenía que ver con “nosotros”
desaparecía. No importaba, la siguiente noche volvería a verle. Y con la noche
llego su imagen a mis pensamientos. Sueños. Nunca faltó a su cita. Sin embargo
yo, inconsciente, no quería encontrarme allí. Qué raro era querer verle y no
querer estar allí. Si fuese real aún podría acostumbrarme a aquello. Todos los
sueños que tuve alguna vez, desaparecieron cuando se fue. Nada estaba claro.
Podía tocarle como cuando aún estaba a mi lado. Pero no sentía lo mismo. No era
aquella persona a la que yo había amado por encima de todas las cosas. Me quedó
el silencio, la monotonía y al desesperación. Luche hasta que su último aliento
dejo de existir, con ella. Todo se fue. Desapareció. Y lo único que quedo fue
la nada y la oscuridad más absoluta.
Porque nací cuando me besó,
morí cuando me abandonó, y viví el tiempo que me amo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario